06
Lun, Feb

Madres ¡locas de amor!

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El entrenamiento para ser madres, locas de amor, empieza de chiquititas, nomás.

De bebas nos regalan un osito de peluche para que durmamos abrazada a él.  Cuando deambulamos, nos regalan un cochecito. Pero ahí empieza el dilema, después del triciclo, los modelos cambian. Y así podemos elegir; caminando inconscientemente los primeros pasos del adiestramiento de futura mamá en potencia, hasta que tengamos edad de procrear. 

Primero, el cochecito de bebé, con muñeco bebé a bordo, el carrito que emula a los del supermercado y cartón lleno.  Ya somos todas unas practicantes de mamá motorizada, que va a al supermercado, con bebé y todo. 

A todo esto, los muñecos bebes vienen cada vez más perfeccionados. Con muchas funciones para que la mujercita en potencia, comprenda bien de qué se trata: se le puede dar la mamadera, cambiarle el pañal, bañarlo, etc. Un calco de la realidad cada vez más perfecto, llora, gatea y así, marchamos tranquilas, rumbo a la post modernidad. Desarrollando el instinto maternal, desde el vamos, nomás. 

Un poco creciditas jugamos a ser las maestras y todos nuestros muñecos son nuestros alumnos, tenemos jardín, preescolar y hasta el grado que nosotras mismas hubiéramos llegado. 

Ya de adolescentes, con el primer beso, nos imaginamos casadas y con dos hijos, la parejita por si fuera poco, y todos comiendo perdices y siendo felices. 

De más grandes, llegamos al primer novio en serio, y la fantasía ahí como una fija, hasta que lo convertimos en marido y sin mucho esfuerzo redactando la carta a Paris, con la cigüeña como destinatario, hasta que el test de embarazo nos muestra dos rayitas que certifican el embarazo. Igual, antes del test, algo en nuestra sonrisa le avisaba a todo el mundo, el estado embarazoso.  Más las nauseas y los antojos.

Y ahí nomás viene la metamorfosis. Entonces ese amasijo de células, que en un remolino se apretuja entre sí, ya nos tiene enloquecida. Nos pone, automáticamente, las mejillas rozagantes, la mirada dulcificada y tenemos un estado de beatitud, que solamente él lo puede provocar. Nos tocamos la panza y lo sentimos. Sabemos que está dentro nuestro, y sin forma todavía, ya lo imaginamos. 

Cambiamos la dieta, tomamos leche en cantidad aunque, tal vez antes la detestábamos, consumimos hierro, vitaminas, vamos a la ginecóloga, bastante seguido y nos cuidamos como maestro zen de un monasterio. 

El embarazo nos suma kilos por todos lados, pero nuestras lolas están preciosas, por lo tanto, seguimos en la suma de agradecimientos.

Como el bebé es el centro y la periferia de nuestras vidas, nos ponemos pretenciosamente insoportables para que cause el mismo efecto en el resto de la familia.  Y el primer monitoreo nos arranca el corazón de cuajo, que empieza a latir por él y para él con exclusividad. 

Cuando va a nacer, nos estaquean de brazos y piernas porque las contracciones nos parten en dos, pero no importa, nosotras aguantamos estoicas. En el momento del parto, nos duele todo, pero no nos cansamos de sentir y decir que es el dolor más dulce porque la alegría nos desborda. Lo mismo cuando amamantan, el dolor en los pechos no impide que le neguemos ese vínculo único entre ambos. 

Y con un hilo de baba, invisible e imaginario, lo estrechamos, con cuidado en nuestro seno, porque es tan chiquito e indefenso que tememos que se rompa. Y no dormimos con tal de vigilar que respire. Lo miramos hasta derretirlo y nos sentimos en el sumun del amor pleno y perfecto. 

Todo el tiempo lo consume él, por la comida, el baño, el cambio constante de ropa, babero, pañal, y demás. Pero qué importa!!!

Cuando nos sonríe sentimos que nos morimos de amor y el primer ajó nos hace emocionar. Ni hablar de su primer balbuceo, con un entrevero de palabras en las que, por fin, le sale mamá y ahí sentimos que tocamos el cielo con las manos. 

El primer día del jardín nos rompe el corazón, el tener que despegarnos de él y encima dejarlo con extraños, es algo terrible. Pero juntamos fuerzas y lo hacemos, tenemos que ir a trabajar. Y volvemos presurosas, con el corazón en la boca hasta que los estrechamos cada vez más largo y grande contra nuestro pecho. 

Si por nosotras fuera, los pondríamos dentro de un cristal para evitarles malos momentos, no queremos que sufran, que lloren por amor, pero sabemos que no es así, que tienen que aprender a vivir, por eso los soltamos. Son hijos nuestros pero, también,  de la vida. 

Es así, debemos enseñarles a fabricar y fortalecer sus alas para volar de nosotras, hacia a la vida. Y después esperamos con ansias a los nietos, que vamos a poder disfrutar, ya no como madres locas de amor, si no, como abuelas locas de amor.