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Dom, Jul

El éxito no se trata de llegar más lejos, sino de llegar sin perderte

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En una entrevista exclusiva con Concepto de Mujer, Natalia de Vita, la autora de Energía que Lidera, reflexiona sobre el éxito, el liderazgo femenino y la importancia de gestionar la propia energía para crecer profesionalmente sin perder la conexión con una misma.

 

 ¿El éxito depende más del trabajo diario, de la preparación y la disciplina, o también existe un componente de suerte y oportunidad?

Creo que el éxito tiene las dos cosas, y negar cualquiera de las dos es una simplificación que nos hace daño. La preparación y la disciplina son el piso: sin ellas, ninguna oportunidad llega a buen puerto. Pero también hay un componente de contexto, de timing, de encuentros que no estaban planificados, que juegan un rol real. 

Quienes están mejor preparados también están más atentos para reconocer las oportunidades cuando aparecen. La suerte, en ese sentido, no es algo que simplemente ocurre: hay una disposición interna que te permite verla y actuar.

El verdadero diferencial es la consistencia: el trabajo sostenido, la gestión de la propia energía, el saber para qué hacés lo que hacés. Eso es lo que permite que cuando la oportunidad aparezca, estés lista para tomarla. 

¿Se puede llegar a la cima estando en relación de dependencia o el verdadero crecimiento aparece cuando seguimos nuestro propio camino? 

Completamente. El formato no define el crecimiento, la mentalidad sí. He acompañado a líderes dentro de estructuras corporativas que lideran con una libertad, una claridad y un impacto enormes. Y también he visto personas que emprendieron y replicaron exactamente las mismas limitaciones que tenían bajo dependencia, porque el problema no era el contexto, sino la relación consigo mismas. 

El verdadero crecimiento depende de si estás construyendo desde lo que sos, de si tus decisiones están alineadas con tus valores, de si te estás eligiendo a vos misma en el camino.

En tu experiencia, ¿qué pensamientos o creencias suelen acercarnos al éxito y cuáles son los que más nos limitan?

Las creencias que más acercan al éxito tienen algo en común: parten de la confianza. "Puedo aprender lo que no sé." "Tengo algo valioso para aportar." "El error es parte del proceso." Generan energía, apertura, movimiento.

Las que más limitan, en cambio, suelen ser silenciosas y muy arraigadas. "No es para mí." "¿Quién soy yo para ocupar ese lugar?" "Si me muestro mucho, voy a fallar." 

Y para las mujeres aparece una muy específica: la creencia que para merecer el éxito hay que sufrir, sacrificarse, renunciar a algo importante. Desarmarlo es uno de los trabajos más profundos, y también de los más liberadores.

¿Cuáles dirías que son los grandes "sí" y los grandes "no" a la hora de construir una vida profesional alineada con nuestros objetivos?

Los grandes sí: conocerte de verdad —tus fortalezas, tus límites, qué te da energía y qué te la drena—, tomar decisiones desde claridad y no desde el miedo o la presión externa, construir vínculos genuinos, y aprender a gestionar tu energía como un recurso estratégico, no solo tu tiempo.

Los grandes no: tomar decisiones en estados de saturación o agotamiento, compararte permanentemente con caminos que no son el tuyo, sostener roles o estructuras que ya no te representan solo por miedo al cambio, y —esto es central— seguir postergando lo que importa a cambio de lo urgente. El "no" más poderoso muchas veces no es el que le decís a los demás, sino el que te decís a vos misma cuando algo ya no va.

En tu libro Energía que Lidera hablás de la gestión de la energía personal como un recurso clave para liderar. ¿Por qué es tan importante y cómo podemos empezar a trabajarla en la vida cotidiana?

Durante años, el liderazgo se midió en resultados, horas, rendimiento. Pero hay algo que los datos no muestran: el costo energético de producir esos resultados. Podés tener la agenda perfecta y aun así tomar decisiones sesgadas por el cansancio, comunicar desde la irritación, liderar desde el miedo.

La gestión de la energía es la base desde la cual tomás decisiones, construís vínculos, ejercés tu liderazgo. Si esa base no está cuidada, todo lo demás se resiente.

Para empezar en la vida cotidiana, lo más concreto que propongo es el chequeo energético: antes de una decisión importante o una conversación difícil, hacer una pausa breve para preguntarte desde qué estado interno estás operando. ¿Estoy presente? ¿Estoy cargada emocionalmente? ¿Tengo claridad? Esa pregunta sola, sostenida en el tiempo, cambia mucho.

También nombrás cuatro tipos de energías dentro del liderazgo. ¿Cuáles son y cómo impacta cada una en nuestra manera de liderar y vincularnos?

Las cuatro dimensiones son física, mental, emocional y espiritual.

La energía física es el sostén de todo: si el cuerpo está agotado, las otras tres se ven arrastradas. Impacta directamente en la capacidad de estar presente, de tener paciencia, de tomar buenas decisiones.

La energía mental es la que nos da claridad, foco, capacidad de análisis. Cuando está saturada, la mente empieza a funcionar en modo reactivo: resolvemos, pero sin profundidad.

La energía emocional define la calidad de los vínculos. Un líder emocionalmente agotado pierde empatía, se irrita más fácil, contamina el clima del equipo sin quererlo.

Y la energía espiritual tiene que ver con el sentido, es la que nos conecta con el para qué. Cuando esa dimensión está vacía, empezamos a operar en piloto automático: cumplimos, respondemos, ejecutamos, pero algo falta.

¿Todas esas energías tienen el mismo peso o el verdadero desafío está en aprender a equilibrarlas?

El desafío está exactamente ahí: en el equilibrio dinámico. No se trata de que todas estén siempre al cien por ciento —eso sería irreal—, sino de saber cuál está baja, qué impacto está teniendo en las otras, y qué podés hacer al respecto antes de llegar al agotamiento.

Lo que suele pasar es que durante mucho tiempo descuidamos una dimensión pensando que "ya nos vamos a ocupar después". Pero las dimensiones no funcionan en compartimentos estancos. Si la energía emocional está en el piso, tarde o temprano afecta la claridad mental. Si el cuerpo está exhausto, el sentido de propósito se empieza a nublar. Son vasos comunicantes. Por eso el trabajo es holístico y continuo, no una solución puntual.

¿Es más difícil para una mujer convertirse en líder? ¿Sentís que todavía existen prejuicios distintos hacia el liderazgo femenino?

Sí, creo que todavía es más difícil, aunque el escenario está cambiando porque hay más mujeres en posiciones de liderazgo. También hay más honestidad sobre el costo de llegar: el cansancio, la autoexigencia, la sensación de tener que demostrar constantemente.

Cuando una mujer llega a posiciones de poder, ¿creés que realmente es escuchada y respetada en igualdad de condiciones o todavía sigue siendo más juzgada que un hombre?

En general, sigue siendo más juzgada. No siempre de manera consciente, pero el escrutinio es mayor. La forma de comunicar, las decisiones que toma, cómo concilia lo personal con lo profesional. Hay una expectativa implícita de que además de liderar bien, sea accesible, empática, disponible. Un hombre que pone límites es firme. Una mujer que pone los mismos límites puede ser percibida como difícil.

Eso no quiere decir que no haya avances reales. Los hay. Pero la paridad no es solo llegar al cargo. Es también cómo se te trata una vez que estás ahí. Y en eso todavía queda trabajo por hacer, tanto en las organizaciones como en la cultura.

Muchas veces el techo de cristal también aparece en nuestras propias creencias. ¿Qué deberíamos empezar a cambiar las mujeres para dejar de limitarnos?

Lo primero es animarse a verlo. El techo interno es más difícil de identificar que el externo, porque está disfrazado de humildad, de responsabilidad, de cuidado hacia otros.

Algunas creencias que aparecen mucho: "Tengo que estar lista al cien por ciento antes de dar el siguiente paso." "Si me muestro demasiado, voy a fallar." "No es el momento." Son creencias que postergan, que minimizan, que nos hacen esperar un permiso que nadie va a dar.

Lo que propongo es empezar a cuestionar esas voces: ¿de dónde viene esto? ¿Es verdad o es miedo con forma de argumento racional? Y después, de a poco, animarse a elegir distinto. No todo de golpe. Pero sí con intención.

¿Qué le dirías hoy a una mujer talentosa que siente miedo de mostrarse, liderar o ir por más?

Que el miedo no es la señal de que no estás lista. Es la señal de que lo que querés hacer importa.

Que no tenés que esperar a no sentir miedo para moverte. Podés moverte con el miedo, sabiendo que está ahí, y mostrarte igual.

Y que el verdadero liderazgo no empieza cuando llegás a un cargo sino cuando te elegís a vos misma, cuando tomás decisiones alineadas con lo que sos, cuando decidís que tu voz vale la pena ser escuchada.

¿Cuál fue el aprendizaje más importante que te dejó escribir Energía que Lidera?

Que el liderazgo más importante siempre empieza adentro. Podés aprender todas las herramientas, dominar todas las técnicas, tener el cargo y los resultados. Pero si no te estás liderando a vos misma —si no estás cuidando tu energía, tomando decisiones desde claridad, conectada con tu propósito—, todo lo demás se sostiene sobre una base frágil.

Escribir el libro me obligó a hacer ese recorrido de manera más honesta y profunda. Y el aprendizaje más genuino fue que el éxito no se trata de llegar más lejos. Se trata de llegar sin perderte. De construir una vida profesional coherente con quien sos y con la vida que querés vivir.